Mark Lewis Taylor
15 de agosto, 2025
Arriba se muestran los ojos del inglés John Berger (1926-2017), reconocido poeta, ensayista, cineasta, pintor y defensor de Palestina. Sus ojos están representados en un mural en la comunidad palestina ocupada de Silwan, en Jerusalén del Este.

Pero los ojos de Berger son solo un par de los muchos que se han pintado a lo largo de las calles del barrio de Silwan. Algunos ojos son los de los mismos palestinos fallecidos en Jerusalén del Este, como Eyad al-Hallaq, un joven con necesidades especiales y autismo a quien un agente de la policía fronteriza israelí mató en el año 2020. Otros ojos conmemoran a aquellos con quienes los organizadores de Silwan sienten una estrecha solidaridad internacional, como Bai Bibyaon (líder de su tribu indígena que luchó por defender sus tierras ancestrales en Filipinas), Ghassan Kanafani, Shireen Abu Akleh, Che Guevara, Hamad Mousa (un agricultor palestino de Akka, Palestina), George Floyd, Alex Nieto, Rachel Corrie, Malcolm X, y muchos más.
¿Por qué están los ojos de Berger y de estas personas en las paredes de los edificios de Silwan? Sugiero que expresan la sensación y la creencia de que «el mundo entero está mirando». De hecho, representan el poder de los muertos por los vivos en Palestina. Manifiestan lo que John Berger denominó una vez la «desesperación invicta» de los palestinos en medio de décadas de ocupación y cien años de dominación británica, israelí y estadounidense.
Consideremos la ocupación. Mientras las fuerzas israelíes ocupan la comunidad de Silwan, también protegen los asentamientos judíos que se van instalando ahí. El objetivo israelí es desplazar y reemplazar a los 50-60,000 residentes de Silwan. Invocan una «arqueología falsa» para justificarlo, interpretando los antiguos sitios de Jerusalén bajo Silwan como lo que la mayoría de los arqueólogos coinciden en que no son: una «Ciudad de David» bíblica. Los sionistas israelíes y los turistas cristianos disfrutan de esta fantasía bíblica, mientras que los residentes reales de Silwan son desposeídos para crear estos parques arqueológicos.
Incluso si la evidencia arqueológica probara las afirmaciones israelíes (lo cual no ocurre), los colonos judíos en Jerusalén del Este y el asentamiento de la «Ciudad de David» son ilegales según el derecho internacional (Occupation Remains, 18), y la confiscación de tierras en Jerusalén del Este forma parte de la «ocupación beligerante» de Palestina por parte de Israel. No hay justificación, por lo tanto, para desplazar a los residentes actuales, y mucho menos para su continua represión, como informa el Centro Creativo Madaa de Silwan: «No pasa un día sin que los residentes sean atacados con bombas de gas, bombas de sonido y balas de goma durante los enfrentamientos mientras intentan defender su existencia, sus vidas y su tierra». En general, como resume la historiadora y arqueóloga Nazmi Jubeh, la situación de los palestinos de Silwan es desesperadamente precaria. Viven por debajo del umbral de la pobreza y se hacinan en viviendas a menudo inhabitables. Silwan ha experimentado casi todas las maniobras de erradicación por parte de la ocupación y la represión israelíes.
Pero al pintar sus murales, los habitantes de Silwan también se están organizando.
Silwan es una ciudad activa: sus residentes se movilizan, al igual que los visitantes internacionales, como la delegación de educadores teológicos con quienes visité Silwan y Jerusalén del Este. Nos recibió Sabeel, un centro ecuménico de liberación con sede en Jerusalén. Los organizadores de Silwan nos explicaron, como hacen con todos los visitantes, su historia de despojo. Nos mostraron sus terrenos, reducidos a escombros por las demoliciones israelíes. Nos señalaron las casas de los colonos judíos que estaban reemplazando las suyas. Activistas locales, artistas y residentes nos mostraron los murales que adornan las calles del barrio, como los audaces ojos pintados por todo Silwan. Este arte es fruto de la solidaridad entre Art Forces (Las fuerzas del arte), un grupo de arte público con sede en EE. UU., y el Madaa-Silwan Creative Center (Centro Creativo Madaa-Silwan) de Silwan. Como muestran los videos del sitio web I Witness Silwan, Silwan alberga un movimiento mundial, lleno de vitalidad, incluso de festividad, en medio de la resistencia a la ocupación.
El desplazamiento que vimos, resistido con creatividad por los residentes de Silwan, se vio complementado por lo que también sabíamos de las prácticas exterminadoras de los ocupantes. De hecho, el mismo día de nuestra visita a Silwan (3 de junio de 2025), las fuerzas israelíes intensificaban su genocidio en Gaza, disparando contra la población hambrienta de Gaza en los puntos designados de distribución de alimentos. Ese mismo día, 90 personas resultaron heridas y 27 murieron. Una investigación de Haaretz confirmó la intencionalidad de esta última fase del genocidio en Gaza: «Se ordenó a los soldados de las FDI disparar deliberadamente contra civiles desarmados que esperaban ayuda humanitaria».
Desde el 7 de octubre, más de 58,573 gazatíes han muerto y el 92% de las viviendas de Gaza han sido destruidas. Tras tan solo un mes de bombardeo, Israel lanzó sobre Gaza unas 25,000 toneladas de bombas, principalmente de fabricación estadounidense, equivalentes a las dos bombas nucleares lanzadas sobre Japón. Seis meses después, había lanzado 70,000 toneladas sobre Gaza, más que las lanzadas durante la Segunda Guerra Mundial sobre Londres, Dresde y Hamburgo juntas.
Israel en Gaza ahora está acusado de «genocidio» ante la Corte Internacional de Justicia. La acusación ha sido confirmada por Amnesty International, Human Rights Watch, y tres informes del Relator Especial de la ONU para Palestina (marzo de 2024, octubre de 2024 y julio de 2025 marzo 2024, octubre 2024, julio 2025).
Los estudiosos del genocidio nos recuerdan que la palabra «genocidio” no solo designa un horrible acontecimiento singular (lo cual ocurre), sino también un proceso estructural que opera en la vida cotidiana de los pueblos en sistemas racistas y capitalistas surgidos de las potencias coloniales e imperiales (sobre este punto, ver Wolfe, Estes, Koshy).
Así que, tal vez mientras estábamos allí en Silwan, observábamos un «genocidio lento» como un proceso estructural, mientras que cerca, los gazatíes lo experimentaban como un evento crudo y brutal. Sin embargo, el genocidio, en cualquiera de sus formas, es una brutalidad desgarradora, prolongada y deshumanizante.
Berger conocía la persistencia de los palestinos cuando escribió sobre su «desesperación invicta». Sin duda, los ojos del mural muestran a un pueblo «invicto», que devuelve a los ocupantes la misma mirada que impone la vigilancia y la ocupación israelíes. Como escribe Susan Greene en un excelente artículo sobre los ojos de Silwan: «El Estado israelí ha sometido a todos los palestinos a amplios sistemas de vigilancia, una ‘mirada colonial’ que hace a la población hipervisible como objetos, pero invisible como sujetos». Sin embargo, los palestinos observan y devuelven la mirada, y nosotros, el mundo, con ellos.
Sospecho que los israelíes sienten la resistencia de los ojos pintados de Silwan. A los ocupantes no les gusta saber que los vigilan, que sus caprichos y brutalidades sean desenmascarados. Nos lo recuerda el gran erudito afroamericano del siglo XX, W. E. B. Du Bois. Du Bois describió cómo se opuso a la mirada imperial blanca de su época, cómo él, como hombre negro, devolvió la mirada a «las almas de la gente blanca».
Veo estas almas desnudas, de espaldas y de lado… Conozco sus pensamientos y ellas saben que las conozco. Este conocimiento las avergüenza, las enfurece… Mientras predican, se pavonean, gritan y amenazan, agazapadas, aferrándose a jirones de hechos y fantasías para ocultar su desnudez, se retuercen, vuelan ante mis ojos cansados, y las veo siempre desnudas: feas, humanas.
Ver así —tener los ojos de John Berger y Du Bois— es ver a través de las pretensiones y brutalidades del ocupante. Es parte de organizarse contra él. Es ser «invicto».
Mark Lewis Taylor es profesor de Teología y Cultura en el Seminario Teológico de Princeton. Su investigación y docencia se centran en la teoría crítica de las teologías políticas de liberación. Imparte cursos sobre racismo blanco y masculinismo hegemónico, imperio y capital desde una perspectiva teológica, hermenéutica político-cultural y sobre las teologías de Paul Tillich y Gustavo Gutiérrez. Entre sus libros se encuentran Religion, Politics and the Christian Right: Post-9/11 Powers and American Empire (Religión, Política y la Derecha Cristiana: Poderes Post-11-S e Imperio Estadounidense, 2005), The Executed God: The Way of the Cross in Lockdown America (El Dios Ejecutado: El Vía Crucis en la América del Confinamiento, 2015) y The Theological and the Political: On the Weight of the World (Lo Teológico y lo Político: Sobre el Peso del Mundo, 2011).