Descripción
Si la Torá y el Corán se cantan y dos cuartas partes de la Biblia son poesía, queda claro que las grandes tradiciones de fe no pudieron sustraerse del lenguaje de la emoción y la metáfora. Solo se puede hablar de lo sublime y lo sagrado con un lenguaje que evoque su potencia y su belleza, pero que prescinda de entender o definir. Es, al fin y al cabo, el lenguaje del amor, de la mística y del encuentro el que puede decir algo de lo divino sin malversar ni su realidad inaprensible ni la experiencia de quien se acerca a ella.
Sin embargo, este ha sido un lenguaje que los creyentes hemos subestimado y olvidado durante mucho tiempo. La aridez racionalista, el silencio en la iglesia (¡La iglesia del Salterio y del Cantar de los Cantares!) omitió la voz profética de los poetas, y ese enmudecer empobreció la vivencia espiritual de la fe cristiana. No obstante, en estos últimos tiempos, el soplo del Espíritu hace revivir las voces poéticas de la mano de infinidad de hombres y mujeres que nos invitan a reconectarnos con Dios desde este primer idioma de la fe.



